
Llegué a España el 9 de abril del 2006. Eran las 00:30 y hacía mucho frío, o mejor dicho, a mí me parecía que hacía mucho frío. Lo primero que hice fue recoger mi equipaje y luego fui directo a la salida del aeropuerto. Qué sorpresa cuando, al salir, no encontré al amigo que iba a venir a recogerme. Mirando de aquí para allá mi mirada se perdía en la inmensa infraestructura del aeropuerto, pues para mí era algo impresionante; y siguiendo con la búsqueda de mi amigo me dirigí hacia la calle, creyendo que él iba a estar por allí, pero no fue así. Una calle con cuatro carriles de coches era lo único que me esperaba. ¿Y ahora qué hago?, me dije, y volví a entrar al aeropuerto. Junto a la puerta había dos policías, a los cuales les pedí que me cambiasen algunos billetes por monedas, ya que los teléfonos que vi iban sólo con monedas; ninguno de los dos contaba con cambio suficiente para realizar una llamada, así que, de nuevo me dirigí a la salida. Entonces una chica entró, y ésta me pidió fuego. Yo le dije que no tenía, cuando de repente, recordé que en la cartera guardaba dos palitos a cerilla que me habían enseñado a hacer en los exploradores, y se los di. Ella encendió el cigarrillo y nos dirigimos a la salida. Le pregunté si tenía un celular (así llamamos al móvil en mi país), y ella me dijo que sí, y que le enseñara el número al cual quería llamar. Escribí el número 00234685... mi sorpresa fue cuando me dijo que aquí los móviles empiezan con 6 y el que yo había escrito no era de aquí, pero por suerte, no se había fijado bien. Le indiqué dónde estaba el 6 y ella hizo la llamada. Hablé con mi amigo, y me dijo que fuera a Plaza Cataluña, a la esquina del “Corte Ingles”, que él estaría esperándome allí, pero yo sólo había memorizado “El Corte”. La chica me indicó un autobús que me llevaría hasta allí y le di las gracias, seguidamente, subí al autobús.
El trayecto duró alrededor de media hora. Yo miraba de aquí para allá, me sorprendía ver lo hermoso de la calle, los coches pasando a mi lado a más de cien por hora, personas que durante el trayecto se ponían a leer libros, todas las calles bien señalizadas e iluminadas, los grandes edificios, un centenar de coches andando de aquí para allá… todo era nuevo para mi. Llegué a la parada del autobús y vi a una señora parada, entonces le pregunté si conocía “El Corte” (lo que yo había memorizado), y ella me contestó que no. Crucé la calle y me adentré en Plaza Cataluña, preguntando a todas las personas por “El Corte”, pero nadie parecía conocerlo. Llegué a pensar que mi amigo me había engañado, hasta que, recorriendo ya casi toda la plaza, me puse a mirar los edificios, cuando de repente, en lo alto de unas de esas grandes fachadas, veo escrito “El Corte Inglés”. Me encontraba en la esquina opuesta, así que fui corriendo hacia allí y al fin me encontré con mi amigo. Él se echó a reír y me preguntó que me había pasado. Yo reí con él y le dije: “Si te cuento todo lo que me ha pasado no me vas a creer.”
Así fue como llegué. Dentro de un mes y un poco más hará un año que estoy aquí. El tiempo pasa volando pues parece que fue ayer cuando llegué. España tiene mucho para enseñarnos ya que cada día se aprende algo nuevo, estoy seguro que la mayoría de los inmigrantes estamos aquí por un bienestar económico y laboral, aquí hay muchas personas de mi país que se ven obligadas a emigrar, dejando atrás lo ya hecho, preparados o no tanto a aceptar un nuevo orden en sus vidas, una nueva forma de vivir y la falta de oportunidades hace que muchos de nosotros, la mayoría jóvenes llenos de ilusiones, nos veamos empujados a abandonar nuestros hogares, matando un caudal de sueños y deseos.
Yo solo insto a todos los inmigrantes que no se dejen guiar por el tan preciado dinero, aprendamos de España las cosas buenas que hay aquí, dejemos a un lado lo malo (que hay como en todos lados) e imitemos las cosas buenas que superan en gran manera a las malas, memoricemos el dicho “Siempre ir hacia adelante”, aprendamos de aquellos españoles que van todos los días a las seis de la mañana al trabajo para sustentar a su familia, de aquellos que siempre luchan por el bienestar de un pueblo, de aquellos que a pesar de la hipoteca, de los atascos y de los diferentes atentados, siempre luchan por dejar una España mejor a sus hijos, aprendamos a luchar como ellos y acompañémosles en su lucha, eso debería ser nuestro objetivo como inmigrante, no solo por una España mejor sino por un mundo mejor, luchemos con ellos para lograr la verdadera integración del inmigrante en la sociedad española… “Dios los bendiga a todos.”
Mauricio Manuel Aguirre Leiva