dimecres, 25 d’abril del 2007

ESTAMBUL

Corría una tenue y fresca brisa en la capital otomana a eso de las nueve de la noche. La ciudad estaba perdida entres cantos de muecines que se intercalaban al girar cada esquina. Íbamos ocho españoles disfrutando de nuestro extravío por esas calles que aún guardan las voces y anhelos de tan diversas miradas. Llegamos casi por casualidad a un restaurante en el que podías comer en el suelo entre cojines y oyendo música tradicional turca en vivo. En seguida congeniamos con el joven relaciones públicas del local, un aspirante a futbolista del Real Madrid llamado Muhittin. Tras varios chapurreos en inglés nos dijo que volviéramos más tarde que él nos invitaría a cenar. Transcurridas casi dos horas nos presentamos de nuevo allí, en pleno barrio de Cemberlitas. Cúal fue nuestra sorpresa al ver que ya estaban cerrando. Muhittin salió al paso y nos indicó que le esperáramos al otro lado de la calle en una callejón oscuro por el que se accedía a un local en el que se podía degustar nargile. Con el estómago rugiendo acogimos las profusas bocanadas de humo con sabor a manzana. Ya casi exhaustos de hambre y de cada vez más tensa espera, Muhittin apareció en el umbral. Volvimos al lugar y alucinamos al ver que teníamos todo el restaurante para nosotros solos.
Subimos al piso de arriba donde estaba la cocina, un salón enorme y circular adornado con tapices, alfombras y cojines llenos de motivos geométricos por todas partes. Acto seguido, Muhittin empezó a cocinar nuestra cena a base de todo tipo de carnes, todas ellas guisadas de forma distinta mientras nosotros andábamos disfrazándonos con ropajes sacados de las mil y una noches. Con esta guisa, pasamos una velada inolvidable conociendo el alma profundamente hospitalaria y cercana del pueblo turco, degustando esa comida picantona y solazándonos con ese violín y esa darbuka que sólo ellos saben hacer hablar.

Jorge García Martín