dimecres, 25 d’abril del 2007

EGIPTO. Luxor

Nunca es suficiente cuando tus conocidos te ponen en antecedentes sobre el país de los faraones. Es un lugar que siempre supera tus expectativas, donde hasta lo que puede parecer negativo se va transformando en una experiencia para recordar.
Oscuras e insondables aguas que no cesan de bramar son las que han hecho posible este rincón del mundo con ciudades como Luxor, un auténtico cachondeo padre. Bien es cierto que hay mucha pobreza pero sus protagonistas poseen una actitud que se aleja bastante de la resignación y el sufrimiento. Son capaces de hacer de ello una forma de vida. Esto es lo que nos sucedió una noche perdida entre las tortuosas calles de la antigua capital egipcia.
Decidimos dar un garbeo por ahí después de cenar, así que abandonamos el barco y nos adentramos en las fauces tenebrosas de los alrededores. Al poco de entrar en una calle nos abordaron unos taxistas con los que estuvimos regateando hasta el aburrimiento. Conseguimos un buen precio y además nos esperarían a una hora determinada para recogernos. Nos dividimos en dos coches en los que sentiríamos emociones imborrables. Hay que decir que muchas calles no tenían farolas por lo que el hecho de que el conductor fuera sin luces era suficiente motivo de inquietud. Además, iba con la música a toda leche, lo que le daba un buen rollo como para soltar las manos del volante. Mi amigo madrileño se sobresaltó al ver la cabeza del conductor sobre sus piernas mirándole con una mueca dantesca a base de dientes que iban del amarillo al negro, los ojos exorbitados y el cuerpo contorsionado sobre el cambio de marchas.
En Egipto si no tienes claxon no eres nadie. Es la única ley que existe. Nuestro conductor además no reconocía el rojo del semáforo y se adentraba sin preocuparse en las glorietas atestadas de coches. ¡Todo esto durante diez minutos! Ya con el cuerpo golfo tras este festival nos apeamos y fuimos a fumar shisha que nos supo a gloria bendita. Desde la terraza del café, a eso de las doce de la noche, flipábamos al ver a albañiles trabajando en esquinas polvorientas construyendo casas eternamente inacabadas, a niños correteando entre un tráfico apocalíptico, al observar comercios con un horario intemporal. A la hora convenida, los taxistas nos esperaban religiosamente en una esquina cercana. El viaje de vuelta fue una segunda parte del anterior pero esta vez lo disfrutamos. Llegamos sanos y salvos al punto de partida y nos despedimos efusivamente de nuestros pilotos. Fue una experiencia única. Pura vida.

Jorge García Martín